martes, 12 de mayo de 2020
Otra palabra manoseada: Libertad
Libertad, otra palabra manoseada. Y hay cantos por la libertad; y hay muertes por la libertad; y hay vidas enteras dedicadas a defender la libertad. Y así, igualito que pasa con otros símbolos sagrados, después del sufrimiento, en medio del triunfo ocasional y de la ebullición que este produce, se vuelve nada. Aparecen entonces los nuevos héroes de la libertad a confiscar libertades. El mártir se vuelve el verdugo de turno. Aparece el joven que clamada libertad en casa de sus padres a eliminar esa misma libertad en su próxima familia, en su vecindario, en su trabajo: dondequiera que se le dé poder. El individuo hambriento de libertad se juntará con el vecino afín, con multitudes afines e implantará una globalidad que usa la palabra libertad para referirse a SU libertad, arrastrando el concepto entre sus seguidores, quienes defenderán la libertad de su seudolíder como si fuera la propia, perdiendo de vista el propósito inicial: la posibilidad de desarrollarse interna y externamente, de poder decidir sus conveniencias y sus caminos sin el límite arbitrario del patrón. En una vergüenza, pues, se convierte el circo de la libertad ya supuesta, en la que pocos actúan, disfrutan, deciden, mientras la gran mayoría, sin participar del adefesio, de la rebatiña, aplaude desde sus asientos, desde lejos, desde afuera, con prohibición de acercarse. Al parecer, en estos tiempos la libertad es como el viento de agua, pero sin agua.
lunes, 11 de mayo de 2020
Otra palabra manoseada: Amor
miércoles, 19 de febrero de 2020
Abandono a futuro
¿Será tan difícil explicarle a un niño que hay
cosas que por ahora no entenderá y deberá confiar en sus padres? ¿Será tan
difícil que el niño entienda que depende del cuidado de nosotros? ¿Será así de
terrible hacerle sentir al niño que sin nuestra presencia y nuestras decisiones
está totalmente indefenso? ¿En qué momento fue posible que el muchacho le
montara la bota a los padres y les exigiera lo primero que se le vino a su
cabeza inmadura? ¿Cuándo fue, pues, que el papel de orientador se deslizó del
amor y la experiencia de un padre al capricho del hijo?
A algunos
nos resultan preguntas obvias, pero cuando caminamos por la calle, entramos al
supermercado, visitamos a un amigo, vemos que la responsabilidad se ha aflojado
tanto que toda la situación de la crianza cae en escenarios ridículamente
peligrosos.
Pasamos –como
dice la sicóloga− de tenerles miedo a nuestros padres a tenerles miedo a
nuestros hijos. Parece que el miedo de perder el amor de nuestros hijos
prevaleciera por encima de su propio bienestar, de los buenos intereses de la
familia, dejando a un lado el deber de formarlos en medio de ciertos valores y
reglas para que más adelante se puedan desenvolver con la menor cantidad de
sufrimiento posible.
Ojo, no
estoy hablando de santurronerías o de vidas perfectas o falsas pretensiones. Estoy
hablando de la relación directa que tienen la responsabilidad y la autoridad en
la crianza de los tripones. En el mismo momento en que se abandona el rol de
guía, comienza a abandonarse la protección futura del niño, y este abandono diferido
se irá haciendo evidente en la medida en que el muchacho deje de respetar a su
padre, a su madre o a ambos; en la medida en que los oídos sordos sean la
respuesta a una preocupación legítima de nuestra parte.
Tampoco estoy
hablando de los padres perfectos, dado que nosotros, los padres del pasado
también tenemos nuestro prontuario. Estoy hablando de que la familia sigue
siendo “la célula fundamental de la sociedad” –como siempre nos dijeron en la
escuela y nunca nos terminaron de explicar esa vaina−; y si esta sociedad
fundada por padres violentos por un lado y por valores egoístas por el otro han
resultado en este desastre de planeta que exhibimos hoy, imaginen la calidad
del planeta que se viene forjando ahora mismo, cuando criamos hijos indiferentes,
insensibles, abandonados a la tecnología y al juguete destructor dentro de
nuestros propios hogares; hijos, que en sociedades que se hacen llamar “desarrolladas”
según el criterio de éxito actual, salen con un arma y acaban con sus vidas y
con las vidas de los demás.
Todo lo que ahora ocurre se debe a cómo marchó todo en el pasado. Asimismo, todo lo que ocurra mañana será el producto de cómo se hacen las cosas hoy. Yo no creo en sorpresas.
martes, 11 de febrero de 2020
Sobre Joaquín Phoenix y el discurso sobre la naturaleza (Artículo)
Muchos
vimos el acto de entrega de los premios “Óscar” el domingo pasado y claro, la
victoria de Joaquín Phoenix por la actuación en Joker era casi un mandato
popular y de los que saben de eso. En su discurso —bastante sentido, por
cierto— destacó varios aspectos personales que necesitaron mucha valentía para
salir ante semejante audiencia, lo cual sitúa al actor en un plano de
conciencia y de autocrítica muy distinto al mismo sistema que lo condecoró como
mejor actor.
Para quien
escribe, desde hace algún tiempo, uno de los aspectos más valiosos de un ser
humano (sacando por el momento a los sicópatas) es la coherencia, la
consistencia entre lo que siente, dice y hace, y me parece que Joaquín está
coqueteando con esa coherencia máxima. Entre los argumentos que esgrimió en el
escenario estuvo la lejanía del ser humano del mundo natural, tomando como
ejemplo la separación de la cría de la vaca para efectos comerciales y la
sustracción posterior de su leche, también para el beneficio humano.
Respecto del
discurso/argumento de las personas sobre la Naturaleza y su sabiduría, me
parece que es acertado en el sentido de que la naturaleza establece sus mecanismos
y equilibrios propios que resultan en la supervivencia sostenible de un sinfín
de especies animales y plantas de variedad y belleza sin igual, al menos en los
planetas más próximos. El argumento de Joaquín sobre la conducta humana en
contra de esa sabiduría de la naturaleza gana adeptos porque es cierto, si lo
vemos desde el punto de vista romántico: el ser humano saquea mientras infringe
las leyes de la naturaleza, lo cual atenta, por mera inconciencia y hasta por falta
sentido común, contra su propia supervivencia.
Ahora bien,
si el argumento de que la sabiduría de la naturaleza garantiza la sostenibilidad y la
permanencia de sus pobladores es indiscutible, podríamos también estar
incurriendo en un romanticismo algo ridículo al tratar el tema. Es importantísimo
establecer que la Naturaleza no tiene moral, no actúa con ética simplemente porque
estos conceptos son productos de la mente humana, y ante la incoherencia de la
mente humana, algunos casos del mundo natural pueden resultar una barbaridad,
incluso, para los que defienden el discurso a favor.
En el
mundo natural, lo que el ser humano llama “promiscuidad”, lo que denomina “robo”,
lo que etiqueta como “egoísmo” y que a todas luces son actitudes inmorales,
indebidas o al menos mal vistas en la sociedad, no son nada extraños. Si usted
ve un video de un león matando a las crías del jefe anterior de la manada para
establecer su propia descendencia; si usted mira a las hienas quitando la mitad
de lo que los demás depredadores cazan para comer; si puede observar a dos
animales peleando por un territorio de decenas de kilómetros cuadrados, y
transfiere todas estas acciones al ser humano, no cabe duda de que los juzgará indiscutible
e inflexiblemente como un delincuente. Llevémoslo a un contexto cotidiano:
quienes comemos carne lo hacemos porque no tenemos que cazar a la presa: o no
tenemos la fuerza, la constancia o la pericia, o simplemente no tenemos las
agallas para quitarle la vida a un animal y embarrarnos las manos de sangre
para conseguir nuestros alimentos. Muchos nos volveríamos vegetarianos o
veganos, sin duda, si se plantease esta situación extrema.
Así que
esa sabiduría de la naturaleza no es que sea mentira: es que nosotros no somos capaces
de asumirla como verdad debido a nuestros esquemas mentales y sociales bien
atornillados en el transcurso de nuestra vida, y como cosa rara, de asumir el ser
humano el nuevo régimen natural y dada la experiencia de milenios, este sería
un régimen hipócrita e inconsistente que nos llevaría, en algún tiempo más
adelante, a otra crisis generada por quienes se atreven a señalar el saqueo y
la barbarie —por la razón que sea—, como bien lo hizo Joaquín Phoenix.
viernes, 7 de febrero de 2020
La relación conmigo mismo
Eso no existe. La relación con uno mismo solo existe como una construcción mental para imaginarse que cada uno de nosotros somos en realidad dos, y que uno de ellos debe “administrar” la relación con el otro. Es decir que cuando somos dos que tienen una relación, esta viene a ser una relación disfuncional –una más– en la que uno de ellos echa vaina, es caprichoso, impulsivo; y el otro es compasivo, responsable, decisivo. Vaya mala película de gemelos.
Somos uno. Somos el que está en contacto con la conciencia, el que es conciencia. El otro, el malandro de la historia anterior es la mente sin control, a merced de las emociones, de los caprichos de cada momento, la de los berrinches. Somos uno que tiene a esa mente a su disposición como herramienta espectacular mientras esté supervisada conscientemente. Decir que somos lo que hay en nuestra mente es como afirmar que el asesor de mercadeo es el dueño de la empresa.
Somos uno, pero sin la capacidad de hacerse responsable de sus pensamientos, de sus sentimientos y sus acciones. Somos uno con ganas de ser dos para echarle la culpa a alguien. Somos uno que perdió el camino y, en el transcurso, se entretuvo con métodos, con fórmulas, con artefactos maravillosos, mientras, sentado para siempre a la orilla del camino, se le olvidó hacia dónde y por qué había tomado ese camino en primer lugar.
lunes, 13 de enero de 2020
Espiritualidad para venezolanos: el primer acercamieto
Cuando uno
ha revisado cierto material y discursos sobre la espiritualidad en términos de
conciencia, no de religión, y hasta experimentado algunas migajas de sus
ventajas, uno comienza a ver cómo se asoma la dificultad al tratar de
explicarle este tipo de cosas a los demás, a los panas, a los familiares, a uno
mismo.
Cuando se
ha entendido que hace miles de años, sobre todo en Medio Oriente y Oriente,
mucha gente logró un estado de paz por medio del dominio de la mente por una
conciencia superior a ella, por parte de una inteligencia no operativa, la cosa
se pone color de hormiga y segurito, si te pones con todo tu entusiasmo a
querer explicarle a otro lo que pudiste experimentar, lo más seguro es que te
van a mirar raro y continuarán con otro tema. Hay que cuidar ese entusiasmo que
te impulsa a regar por ahí cómo solucionar ciertos problemas de la vida
cotidiana desde un punto de vista nuevo, extraño, que le parecerá brujería a
los demás.
Si vas a
hablar de “control mental”, debes tener en cuenta que todos creemos que somos
nuestra mente, que mientras más entrenemos la mente, más inteligentes seremos. No
mucha gente apoyará que la mente también es un repositorio de basura que te
gobierna. En ese caso, cuando comiences a hablar de apaciguar la mente, te van
a golpear con el argumento “yo soy lo que tengo en mi mente y mi mente es
poderosa e inteligentísima”. Si vas a hablar de “conciencia”, te entenderán “moral”
o “ética”. Si vas a hablar de “silencio” o de “paz”, te entenderán “aburrido” o
“conformista”. Hablar de muchos términos preliminares al entendimiento solo
traerá desinterés o desdén si no se tratan con cuidado y, sobre todo, con
elocuencia y sencillez.
sábado, 4 de enero de 2020
¿La verdad con palabras? no lo creo...
Suscribirse a:
Entradas (Atom)