martes, 12 de mayo de 2020

Otra palabra manoseada: Libertad


Libertad, otra palabra manoseada. Y hay cantos por la libertad; y hay muertes por la libertad; y hay vidas enteras dedicadas a defender la libertad. Y así, igualito que pasa con otros símbolos sagrados, después del sufrimiento, en medio del triunfo ocasional y de la ebullición que este produce, se vuelve nada. Aparecen entonces los nuevos héroes de la libertad a confiscar libertades. El mártir se vuelve el verdugo de turno. Aparece el joven que clamada libertad en casa de sus padres a eliminar esa misma libertad en su próxima familia, en su vecindario, en su trabajo: dondequiera que se le dé poder. El individuo hambriento de libertad se juntará con el vecino afín, con multitudes afines e implantará una globalidad que usa la palabra libertad para referirse a SU libertad, arrastrando el concepto entre sus seguidores, quienes defenderán la libertad de su seudolíder como si fuera la propia, perdiendo de vista el propósito inicial: la posibilidad de desarrollarse interna y externamente, de poder decidir sus conveniencias y sus caminos sin el límite arbitrario del patrón. En una vergüenza, pues, se convierte el circo de la libertad ya supuesta, en la que pocos actúan, disfrutan, deciden, mientras la gran mayoría, sin participar del adefesio, de la rebatiña, aplaude desde sus asientos, desde lejos, desde afuera, con prohibición de acercarse. Al parecer, en estos tiempos la libertad es como el viento de agua, pero sin agua.

lunes, 11 de mayo de 2020

Otra palabra manoseada: Amor


Amor, otra palabra manoseada. En los libros, en el transcurso de la historia, en la casa, de chiquitos o según boleros de la radio. Quién sabe de dónde salió tanta falacia. Lo cierto es que el amor se convirtió, a fuerza de manipulación acomodaticia, en la razón de vida de muchos, que en extraña paradoja, no parecen entender qué cosa es esa tan nombrada, tan gritada a los “cuatro vientos”, tan bordada en tanta bandera. Por algún esguince de los tiempos, el amor se convirtió en motivo de guerras, en calamidad personal, en el sufrimiento que se coló en el paquete soñado. Como un acto siniestro de magia, “el que no cela no ama” o “te amo con locura”. El amor llegó a ser ese fluido especial que solo verteríamos solo en unos cuántos: mi mujer, mi hombre, mis hijos, mis padres y hermanos, mientras camino por ahí destrozando al resto. Así que podemos ver gentes que “aman” con demencia a dos o tres y no aman a más nadie. Es una forma ridícula y pretensiosa de amor: un amor selectivo… como si el amor fuera un chorro dirigible. Convertimos a ese portento de sentimiento, de manera de ser, de estar en equilibrio, en solo una forma de demostrar lo primitivos que somos, ¡y a mucha honra! Convertimos eso que llamamos amor en una licencia para mortificar al otro, para atraparlo, para maltratarlos sin nos abandonan, en una adicción que como tal, no cesará. Y olvídense de “amar al prójimo como a ti mismo”, porque “timismo” no sabe qué es eso, no se ama y por tanto, no sabe dar de lo que no tiene. Pasión loca, afinidad familiar, vocación por ayudar a los demás, de mantenerlos en dependencia y de esperar agradecimientos. Quién sabe cuándo murió el amor verdadero, el que deja ser, el que comparte, el que suma sin restar, el que libera, o en qué engendro destructivo se ha convertido, porque esto que escuchamos ahora del amor es más bien digno de visita a un profesional de la mente, de una caja de pastillas, encierro y sueño.

miércoles, 19 de febrero de 2020

Abandono a futuro


¿Será tan difícil explicarle a un niño que hay cosas que por ahora no entenderá y deberá confiar en sus padres? ¿Será tan difícil que el niño entienda que depende del cuidado de nosotros? ¿Será así de terrible hacerle sentir al niño que sin nuestra presencia y nuestras decisiones está totalmente indefenso? ¿En qué momento fue posible que el muchacho le montara la bota a los padres y les exigiera lo primero que se le vino a su cabeza inmadura? ¿Cuándo fue, pues, que el papel de orientador se deslizó del amor y la experiencia de un padre al capricho del hijo?

A algunos nos resultan preguntas obvias, pero cuando caminamos por la calle, entramos al supermercado, visitamos a un amigo, vemos que la responsabilidad se ha aflojado tanto que toda la situación de la crianza cae en escenarios ridículamente peligrosos.

Pasamos –como dice la sicóloga− de tenerles miedo a nuestros padres a tenerles miedo a nuestros hijos. Parece que el miedo de perder el amor de nuestros hijos prevaleciera por encima de su propio bienestar, de los buenos intereses de la familia, dejando a un lado el deber de formarlos en medio de ciertos valores y reglas para que más adelante se puedan desenvolver con la menor cantidad de sufrimiento posible.

Ojo, no estoy hablando de santurronerías o de vidas perfectas o falsas pretensiones. Estoy hablando de la relación directa que tienen la responsabilidad y la autoridad en la crianza de los tripones. En el mismo momento en que se abandona el rol de guía, comienza a abandonarse la protección futura del niño, y este abandono diferido se irá haciendo evidente en la medida en que el muchacho deje de respetar a su padre, a su madre o a ambos; en la medida en que los oídos sordos sean la respuesta a una preocupación legítima de nuestra parte.

Tampoco estoy hablando de los padres perfectos, dado que nosotros, los padres del pasado también tenemos nuestro prontuario. Estoy hablando de que la familia sigue siendo “la célula fundamental de la sociedad” –como siempre nos dijeron en la escuela y nunca nos terminaron de explicar esa vaina−; y si esta sociedad fundada por padres violentos por un lado y por valores egoístas por el otro han resultado en este desastre de planeta que exhibimos hoy, imaginen la calidad del planeta que se viene forjando ahora mismo, cuando criamos hijos indiferentes, insensibles, abandonados a la tecnología y al juguete destructor dentro de nuestros propios hogares; hijos, que en sociedades que se hacen llamar “desarrolladas” según el criterio de éxito actual, salen con un arma y acaban con sus vidas y con las vidas de los demás.

Todo lo que ahora ocurre se debe a cómo marchó todo en el pasado. Asimismo, todo lo que ocurra mañana será el producto de cómo se hacen las cosas hoy. Yo no creo en sorpresas.


martes, 11 de febrero de 2020

Sobre Joaquín Phoenix y el discurso sobre la naturaleza (Artículo)



Muchos vimos el acto de entrega de los premios “Óscar” el domingo pasado y claro, la victoria de Joaquín Phoenix por la actuación en Joker era casi un mandato popular y de los que saben de eso. En su discurso —bastante sentido, por cierto— destacó varios aspectos personales que necesitaron mucha valentía para salir ante semejante audiencia, lo cual sitúa al actor en un plano de conciencia y de autocrítica muy distinto al mismo sistema que lo condecoró como mejor actor.

Para quien escribe, desde hace algún tiempo, uno de los aspectos más valiosos de un ser humano (sacando por el momento a los sicópatas) es la coherencia, la consistencia entre lo que siente, dice y hace, y me parece que Joaquín está coqueteando con esa coherencia máxima. Entre los argumentos que esgrimió en el escenario estuvo la lejanía del ser humano del mundo natural, tomando como ejemplo la separación de la cría de la vaca para efectos comerciales y la sustracción posterior de su leche, también para el beneficio humano.

Respecto del discurso/argumento de las personas sobre la Naturaleza y su sabiduría, me parece que es acertado en el sentido de que la naturaleza establece sus mecanismos y equilibrios propios que resultan en la supervivencia sostenible de un sinfín de especies animales y plantas de variedad y belleza sin igual, al menos en los planetas más próximos. El argumento de Joaquín sobre la conducta humana en contra de esa sabiduría de la naturaleza gana adeptos porque es cierto, si lo vemos desde el punto de vista romántico: el ser humano saquea mientras infringe las leyes de la naturaleza, lo cual atenta, por mera inconciencia y hasta por falta sentido común, contra su propia supervivencia.

Ahora bien, si el argumento de que la sabiduría de la naturaleza garantiza la sostenibilidad y la permanencia de sus pobladores es indiscutible, podríamos también estar incurriendo en un romanticismo algo ridículo al tratar el tema. Es importantísimo establecer que la Naturaleza no tiene moral, no actúa con ética simplemente porque estos conceptos son productos de la mente humana, y ante la incoherencia de la mente humana, algunos casos del mundo natural pueden resultar una barbaridad, incluso, para los que defienden el discurso a favor.

En el mundo natural, lo que el ser humano llama “promiscuidad”, lo que denomina “robo”, lo que etiqueta como “egoísmo” y que a todas luces son actitudes inmorales, indebidas o al menos mal vistas en la sociedad, no son nada extraños. Si usted ve un video de un león matando a las crías del jefe anterior de la manada para establecer su propia descendencia; si usted mira a las hienas quitando la mitad de lo que los demás depredadores cazan para comer; si puede observar a dos animales peleando por un territorio de decenas de kilómetros cuadrados, y transfiere todas estas acciones al ser humano, no cabe duda de que los juzgará indiscutible e inflexiblemente como un delincuente. Llevémoslo a un contexto cotidiano: quienes comemos carne lo hacemos porque no tenemos que cazar a la presa: o no tenemos la fuerza, la constancia o la pericia, o simplemente no tenemos las agallas para quitarle la vida a un animal y embarrarnos las manos de sangre para conseguir nuestros alimentos. Muchos nos volveríamos vegetarianos o veganos, sin duda, si se plantease esta situación extrema.

Así que esa sabiduría de la naturaleza no es que sea mentira: es que nosotros no somos capaces de asumirla como verdad debido a nuestros esquemas mentales y sociales bien atornillados en el transcurso de nuestra vida, y como cosa rara, de asumir el ser humano el nuevo régimen natural y dada la experiencia de milenios, este sería un régimen hipócrita e inconsistente que nos llevaría, en algún tiempo más adelante, a otra crisis generada por quienes se atreven a señalar el saqueo y la barbarie —por la razón que sea—, como bien lo hizo Joaquín Phoenix.

viernes, 7 de febrero de 2020

La relación conmigo mismo


Eso no existe. La relación con uno mismo solo existe como una construcción mental para imaginarse que cada uno de nosotros somos en realidad dos, y que uno de ellos debe “administrar” la relación con el otro. Es decir que cuando somos dos que tienen una relación, esta viene a ser una relación disfuncional –una más– en la que uno de ellos echa vaina, es caprichoso, impulsivo; y el otro es compasivo, responsable, decisivo. Vaya mala película de gemelos.
Somos uno. Somos el que está en contacto con la conciencia, el que es conciencia. El otro, el malandro de la historia anterior es  la mente sin control, a merced de las emociones, de los caprichos de cada momento, la de los berrinches. Somos uno que tiene a esa mente a su disposición como herramienta espectacular mientras esté supervisada conscientemente. Decir que somos lo que hay en nuestra mente es como afirmar que el asesor de mercadeo es el dueño de la empresa.
Somos uno, pero sin la capacidad de hacerse responsable de sus pensamientos, de sus sentimientos y sus acciones. Somos uno con ganas de ser dos para echarle la culpa a alguien. Somos uno que perdió el camino y, en el transcurso, se entretuvo con métodos, con fórmulas, con artefactos maravillosos, mientras, sentado para siempre a la orilla del camino, se le olvidó hacia dónde y por qué había tomado ese camino en primer lugar.

lunes, 13 de enero de 2020

Espiritualidad para venezolanos: el primer acercamieto


Cuando uno ha revisado cierto material y discursos sobre la espiritualidad en términos de conciencia, no de religión, y hasta experimentado algunas migajas de sus ventajas, uno comienza a ver cómo se asoma la dificultad al tratar de explicarle este tipo de cosas a los demás, a los panas, a los familiares, a uno mismo.

Cuando se ha entendido que hace miles de años, sobre todo en Medio Oriente y Oriente, mucha gente logró un estado de paz por medio del dominio de la mente por una conciencia superior a ella, por parte de una inteligencia no operativa, la cosa se pone color de hormiga y segurito, si te pones con todo tu entusiasmo a querer explicarle a otro lo que pudiste experimentar, lo más seguro es que te van a mirar raro y continuarán con otro tema. Hay que cuidar ese entusiasmo que te impulsa a regar por ahí cómo solucionar ciertos problemas de la vida cotidiana desde un punto de vista nuevo, extraño, que le parecerá brujería a los demás.

Si vas a hablar de “control mental”, debes tener en cuenta que todos creemos que somos nuestra mente, que mientras más entrenemos la mente, más inteligentes seremos. No mucha gente apoyará que la mente también es un repositorio de basura que te gobierna. En ese caso, cuando comiences a hablar de apaciguar la mente, te van a golpear con el argumento “yo soy lo que tengo en mi mente y mi mente es poderosa e inteligentísima”. Si vas a hablar de “conciencia”, te entenderán “moral” o “ética”. Si vas a hablar de “silencio” o de “paz”, te entenderán “aburrido” o “conformista”. Hablar de muchos términos preliminares al entendimiento solo traerá desinterés o desdén si no se tratan con cuidado y, sobre todo, con elocuencia y sencillez.

Definitivamente, el encuentro con alguien para traspasar el interés en la espiritualidad pasa por la necesidad de ajustarse al entendimiento del interlocutor, a su experiencia, a sus expectativas. Se impone transmitir efectivamente el cambio de eje mental que quien escucha debe tener para curiosear sobre el tema y, sobre todo, entender que por la aparente complejidad de lo que se habla, la cosa no es fácil.

sábado, 4 de enero de 2020

¿La verdad con palabras? no lo creo...

Dime cómo sabe el vino. Intenta por un ratito describir ese sabor para que yo lo entienda. Haz tu mejor esfuerzo para que yo quede con el sabor del vino en mi boca y así aprender de ti, saberlo a partir de tus enseñanzas. Pues, no se puede. Convéncete de que ni el mejor orador ni el más estudioso puede usar solo palabras para transmitir la experiencia. Así es con el vino, así es con la vida misma, así es con el amor, así es con la espiritualidad. Lo que puede hacer la persona bienintencionada es inyectar la curiosidad, la semilla que luego crezca en el otro y éste, por su lado, decida experimentar el asunto. Por eso es que es tan difícil que una persona esparza lo que siente entre otros, entre muchos otros. Una persona siempre tendrá una sola perspectiva de la vida, por lo que nunca podrá abarcar la “verdad completa”, la “verdad de todos”. Lo que logrará en la multitud será despertar la interpretación sobre lo que ella dice y no la exactitud de lo que siente. Luego de salir del recinto, cada quien saldrá por su lado, emocionado por lo que el orador dijo, pero desde su punto de vista único, particular… creando de nuevo su propia verdad, su propia experiencia, su propia creencia.