lunes, 29 de junio de 2026
Padre a los sesenta
Padre a los sesenta. Quién iba a decir que después de treinta años, en estos tiempos de inteligencia artificial y física cuántica, iba a ser yo papá. Me viene clarita la escena de madrugadas e hipertensión, de miradas agudas y reflexión. En esta época en la que soy experto en varios temas, toca volver al ruedo a ver si eso sirve de algo. A comprender que los hijos tienen una edad hasta la que puedes influir sobre ellos y después puedes ser solo su aliado, aunque duela, o su enemigo más querido. Toca vivir y enseñar, pues, sobre amor incondicional, que la familia es siempre lo primero, que los compinches son solo para la juventud y luego solo queda el recordatorio ocasional de que no estamos solos. Queda demostrar, en una pizarra, que la identidad colectiva es una ilusión divina, un placer culposo; que la vejez y la muerte existen y por eso hay que aprovechar el gozo de la vida, que también existe de modos insospechados; que a menos que seamos unos resentidos exitosos y logremos ser gente súper importante, solo seremos parte de una estadística a comprender lo antes posible. Sobre la paz y la tranquilidad, sobre la conformidad y el autoconocimiento, bueno, eso sí es al ritmo de cada quien. Aquí estoy, chico, preparando las viejas pantuflas y la bata casera de papá, que entre la polilla y lo guardado, no esperaban su turno al bate. Serán trompos y papagallos insalubres, pues.
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